ITINERARIO

Si se concibiera la vida del hombre como una suerte de peregrinación, se harían patentes las huellas que prefijan cada uno de sus provisorios destinos, antes del anticipado (y aún así temido) final. Por lo que la historia de un hombre estaría constituida por un juego de trazos, un entretejido de itinerarios cartografiados en el espacio y mensurados en el tiempo…

1866. Luces y sombras intermitentes emanan del fogón para señalar un lugar de La Pampa. Los cuerpos exhaustos de un grupo de hombres acometen su momento de descanso después de la jornada de yerra. Comen y beben. Tal vez en exceso.

De pronto las palabras superan el cansancio. Las opiniones se encuentran y forcejean. En la rueda hay dos a quienes el coraje o la insensatez les dictamina asir los cuchillos para acallar al otro. Uno termina gravemente herido. Habrá que detener al agresor y enviarlo de juzgado en juzgado. Deberá afrontar el recorrido que es un infortunio porque la meta es su propia condena.

Tres años de servicio en la frontera del azul será el castigo que deberá cumplir MELITÓN/MARTÍN FIERRO, el protagonista de esta historia.

El relato figura en los pases de juzgado de la época. Una cadena de coincidencias reúne la persona de Melitón con el personaje de Hernández, Martín Fierro. El reo es recibido en una de las postas jurídicas por José Zoilo Miguens, amigo del autor del poema, el que merece la dedicación de su obra.

Pero para que la impronta de un personaje literario adquiera en la ambigüedad una forma de existencia humana que lo enaltezca, y el hombre la promesa de ser redimido al menos en la ficción, tuvieron que intervenir el puño y la letra de otro amigo. Álvaro Barros “equivoca el nombre” y en lugar de Melitón escribe Martín. El azar gusta de estos guiños. Algunos los llaman magias.

Lo que se presenta en esta sección es el crucial tramo en la vida de Melitón Fierro. El itinerario signado por una justicia que se administra, con los modales de la época, sobre la historia de este gaucho que es, tal vez, la de muchos otros. También, por qué no, la de Martín Fierro, el héroe de nuestro poema nacional.

Lic. Adriana Rizutti